martes, 18 de enero de 2011

Todo es pasajero


Recuerdo, cuando mamá y yo viajamos a Israel, hubo un día muy especial; esos días que se graban por siempre en la memoria de uno. Nuestra llegada a Jerusalem.

Para mí, uno de los lugares más increíbles que conocí allá fueron las escalinatas que suben a la ciudad antigua; realmente puedo garantizar que pisé donde hace miles de años caminó el Señor Jesús. La misma tierra, el mismo aire, el mismo espacio donde una vez Dios se hizo hombre y habitó en el mundo. Caminé sobre las mismas páginas de la Biblia.

Allí el obispo Macedo hizo una reunión con personas de todo el mundo. Nunca olvidaré lo que predicó. Él nos explicó que debíamos buscar las cosas eternas, porque todo lo demás en esta vida es pasajero. Dijo que esas palabras eran difíciles de comprender para los jóvenes, porque vivimos preocupados, ansiosos con el futuro inmediato; pero que lo más importante no son las decisiones respecto a nuestra vida material sino espiritual. Nos recordó que todo en este mundo pasa, no importa cuánto tarde, pero que la salvación es eterna.

Entonces no lo comprendía como ahora, pero cada día lo entiendo mejor. Nada es más importante que la eternidad con el Señor. Todos los demás problemas están en sus manos, porque el cuida de aquellos que colocan su corazón lleno de confianza para honrarlo y lo consideran la máxima prioridad en su vida.

No importa lo que suceda, todo es pasajero. El dolor, la desesperanza, la tristeza, la angustia... pero por nada debemos arriesgar nuestra salvación. Hay que sacrificar, luchar, perseverar, para que logremos ser vencedores y obtengamos la vida eterna. Si colocamos a Dios como el primero en nuestra vida y corazón, Él cuidará todos los demás aspectos de nuestro vivir.

Certeza


Hay momentos cuando todas nuestras palabras son probadas. Todo lo que decimos, las declaraciones que hacemos con nuestros seres queridos o incluso mientras oramos. Cuando decimos confiar en Dios o le pedimos que aumente nuestra confianza, las palabras no se quedarán en el aire. Habrá un momento cuando tengamos que probar, en el fuego, lo que afirmamos.

¿Cómo probaremos nuestra confianza si todo siempre va bien? Por ejemplo, al recibir noticias inesperadas que nos sacuden podemos comprobar si estamos firmes en la Promesa o si aún caminamos sobre la arena. El Señor Jesús dijo que nuestra vida debe estar edificada sobre la roca, pues aunque vengan los vientos y las tempestades, en Él permaneceremos seguros.

No importa lo que diga el corazón, si Dios está dirigiendo nuestros caminos el temor no tiene lugar. Es necesario cerrar los oídos a los pensamientos de miedo, duda, inseguridad; ignorar la incertidumbre que nace en el corazón y creer con toda el alma que la Palabra de Dios se cumplirá.

Para permanecer firmes, debemos tener absoluta certeza, Dios es quien guía cada paso que damos. "Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados" (Romanos 8,28). Significa confiar, con toda la fe, aunque el corazón intente decir lo contrario.

domingo, 16 de enero de 2011

Fuerza


Señor, dame fuerzas para seguir adelante; sólo Tú conoces la realidad de la lucha que enfrento. Sólo Tú comprendes las circunstancias que me envolvieron en esta red, donde sólo tus manos pueden deshacer los nudos que se formaron y que intentan impedir mi avance.

Señor no permitas que el cansancio o el desánimo apaguen mi fe. Mi confianza está intacta, creo que Tu Palabra es verdadera, jamás fallará. Estoy segura, lo que has preparado para mí es incomparable con mis sueños más grandes. Tú has concedido las peticiones de mi corazón. No permitas que mire sólo el presente, sino que vislumbre el futuro donde Tu promesa ya se ha realizado, sólo así podré evitar que las dudas me asalten.

Como fuego, moldéame en esta batalla. Que Tus manos hagan de mí una guerrera, una vencedora. Dame fuerzas, valor, fe, intrepidez, forma en mí un carácter semejante al tuyo. Entiendo que Tus pensamientos no son mis pensamientos, ya puedo sentir que has estado obrando en mi persona, convirtiéndome en quien deseas que sea.

Por último, te agradezco, sé que mis oraciones ya han sido respondidas, aunque la respuesta aún no sea visible. Te agradezco por todos los cambios que has hecho en mí, por las bendiciones que ya me has otorgado. Te agradezco por esta lucha, pues sé que detras de una gran batalla, hay una gran victoria.

sábado, 15 de enero de 2011

El cofre de madera


Hace mucho tiempo, en un reino lejano, vivió una princesa. Su padre, el rey, la amaba con intensidad, la cuidaba y la protegía de los muchos enemigos que buscaban dañarla. Ella moraba en un palacio donde la felicidad y la paz reinaban, aunque el reino enfrentara luchas contra sus adversarios.

Un día, mientras la princesa descansaba en los jardines reales, una serpiente se acercó y le mostró una imagen en el agua de la fuente. Era el rostro desvanecido de un joven cuyo reflejo despertó un sentimiento desconocido en el corazón de la princesa. La serpiente le dijo que para conocerlo, debía alejarse de su padre; no mucho, sólo fuera del palacio.

Con muchas dudas, la princesa decidió seguir a la serpiente, se dijo: Sólo afuera del castillo. Al salir de la muralla la serpiente le mostró la imagen, mientras ella la observaba, capturó el corazón de la joven y lo envolvió en la oscuridad de un cofre de madera. La princesa, asustada, aunque sin percibir la pérdida de su corazón, regresó al castillo; no obstante no era la misma. La serpiente se ocultó cerca de la princesa, aunque ella no volvió a verla.

Pasaron los años, la princesa aparentaba vivir en la misma felicidad de antes, pero en su interior sabía que algo faltaba. Moría poco a poco, quienes la rodeaban no se explicaban su falta de brillo. La serpiente la había engañado, la joven ya había descubierto que el reflejo en el agua era una simple fantasía.

Cuando la esperanza casi se extinguía del alma de la princesa, un joven príncipe llegó al reino. Fueron presentados y, cuando la conoció, percibió la falta de su corazón a través de su mirada. También vislumbró a la serpiente que perseguía a la princesa, la buscó y, al hallarla, le dio muerte. Recuperó el cofre de madera y fue a ofrecérselo a la princesa.

Aunque ella no confiaba en nadie, una mirada bastó para remover el espacio vacío en su alma. El príncipe le devolvió su corazón, y la princesa, en vez de tomarlo para sí, lo entregó a su padre para que lo cuidase. Debido a esta actitud, el rey le dio un obsequio, una estrella en una caja de cristal, un lucero llamado Amor.

Cuando el príncipe se acercó a ella, la estrella brilló con todo su esplendor y el rey, que guardaba el corazón de la princesa, permitió que contrajeran matrimonio. Como el rey los cuidaba, ambos gozaron de paz y felicidad todos los años de su vida.

jueves, 13 de enero de 2011

Palabras

Hoy estuve meditando en el poder de las palabras. Una palabra puede cambiar la vida de un ser humano, puede levantar o derribar, herir o restaurar, bendecir o maldecir.

Es una realidad. Tiempo atrás, pasé por un momento difícil; me preguntaba si Dios se acordaría de mí. En mi alma había un vacío, nunca lo hablé con nadie. Levantarse era un reto cada mañana, no deseaba seguir vagando sin cumplir el propósito de Dios, pero no sabía si Él aún tenía algo preparado para mí.

Un domingo por la tarde, alguien me dijo así: "Dios la ama".
Con seguridad no imaginaba el impacto que esa palabra tendría en mi vida. Fue como si el Señor, desde el cielo, se dirigiera a mí. Esa palabra desató una revolución en mi forma de vivir, un antes y un después. Parte de lo que soy ahora, provino de aquella pequeña frase que revivió mi ser. Una sola palabra llenó mi corazón seco, me inundó de esperanza.

Palabras como esa vienen de la boca de Dios, y Él usa a las personas que permiten que su lengua sea un instrumento de bendición y no de maldición para quienes le rodean. A veces sentimos falta de esas palabras. En ocasiones la soledad, la tristeza y el cansancio nos oprimen, nos preguntamos cúando habrá respuesta a nuestras oraciones. Pero el Señor está cerca, atento para escuchar, Su palabra lista para levantarnos.

Una palabra, a veces lo que más se necesita es una palabra.

miércoles, 12 de enero de 2011

Escrito en las estrellas


"Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos" (Salmo 19:1)

Para mí, uno de los escenarios más bellos en la tierra es el cielo nocturno tapizado de estrellas, donde la luz de luna baña el agua clara y las hojas de los árboles, mientras una suave brisa acaricia el ambiente. El firmamento me ha fascinado desde niña. Cuando tenía trece o catorce años, mi mamá me compró un telescopio. ¡Cuántas noches disfruté esa visión asombrosa! Aún no concibo que pueda existir algo tan hermoso.

Ahora bien, los cielos cuentan la gloria de Dios. Son un destello, un atisbo de su fragancia, un obsequio al ser humano para recordar su majestad. Como escritora mis obras están plasmadas de mi personalidad; en el firmamento está plasmada la grandeza y hermosura del Señor. ¿Hay algo imposible para Él?
Basta detenerse y contemplar las estrellas. Si el Creador del universo nos hace una promesa, ¿no la cumplirá? ¿Será que fallará? Nosotros somos seres imperfectos, temerosos, en ocasiones cobardes y, sobre todo, pecadores. Nada merecemos del Señor, pero Él ha dado todo por nosotros. Su propio hijo dio la vida para salvarnos, ¿cómo nos atrevemos a dudar de su amor y fidelidad?

Dios es perfecto, su poder es incomparable. Aunque el mundo se levante en nuestra contra, su fuerza nos sostiene y nos levanta sobre los problemas. Por si esto fuera poco, nos dejó en el cielo una forma de recordar que Él es el Señor sobre toda la tierra, su palabra nunca fallará. Sólo hay que levantar los ojos hacia Él en la noche para tener esa confianza.

lunes, 10 de enero de 2011

La mejor instrucción


Estos días he recibido elogios gracias a un talento otorgado por Dios, el canto. Sabemos que el ser humano es probado por las palabras de sus semejantes, en especial porque el corazón desea recibir la gloria de este mundo. Ahora bien, debo reconocer que no tengo nada por qué envanecerme, todo lo que sé en el ámbito musical es por su gracia, literalmente.

Quienes me escuchan hoy deberían estar agradecidos por no haberme oído cantar hace algunos años, era terrible. Hubo personas que profirieron palabras para desanimarme y, durante mucho tiempo, lo consiguieron. Si permanecí fue por un sueño, una visión sembrada en mi alma cuando tenía diez años. No desistí, tuve que aferrarme a esa determinación y perseverar para lograr mi objetivo. Superé incluso mi timidez natural para seguir adelante.

Sin embargo, la mejor instrucción musical que he recibido (a la cual debo, sin duda, todos los elogios inmerecidos) vino de donde menos la esperaba. Hace tres años fui contratada como maestra de inglés en una escuela primaria. Ese trabajo ha sido un reto enorme para mí. Tiene algunos beneficios, pero para mí posee algunas características contrastantes con mi forma de ser; el ruido, por ejemplo, me es insoportable. En las clases no hay ni un segundo de silencio.

Lo peor cuando comencé, fue descubrir que después de hablar más de siete horas diarias mis cuerdas vocales estaban agotadas e imposibilitadas de cantar. Siempre viví cantando. Recuerdo mi adolescencia entre melodías entonadas al caminar, limpiar, al hacer cualquier cosa. Al trabajar como maestra tuve que guardar completo silencio, con el temor de dañar mi voz permanentemente.

Como un pez fuera del agua, me sentía desesperada. A pesar de mis esfuerzos para evitar levantar el volumen de mi voz, nada resultaba; siempre estaba enferma, afónica. Derramé lágrimas de impotencia, nadie podía comprender ese dolor tan cruel, la distancia entre mi sueño y mi realidad, entre el sonido y el silencio, entre el amor y la soledad.

El milagro sucedió poco a poco, ni lo percibí. Empecé a cuidar mi forma de respirar y fui recuperando la capacidad de hablar. Pasaron algunos años y, aunque aún me es difícil cuidar mis cuerdas vocales, cada vez me enfermó menos. Entonces mejoré cantando. ¿Quién diría que impartir clases a niños me ayudaría a cantar mejor? Yo nunca lo hubiera imaginado. Pero Dios es el mejor maestro, nos enseña de maneras difíciles de comprender. El resultado que proviene de su instrucción es un fruto que cambia nuestras vidas. No debemos rehusarnos a aprender a su modo.
Hoy fue el reinicio de clases y creo que, al menos por un tiempo, seguiré aprendiendo. No sólo canto, como maestra he aprendido mil cosas extraordinarias.